Elogio del jabón

A los incondicionales del jabón, el jabón sólido, en pastilla, nos encanta comprobar cómo ha vuelto a ponerse de moda y lo mucho que se celebran ahora sus virtudes. ¡Cuántos artículos han aparecido en los últimos meses hablando de sus bondades y de la importancia de lavarse con él las manos! Incluso uno de los muchos suplementos que acompañan ahora a los periódicos publicaba hace poco una larga historia del jabón que se prometía interesante, pero resultó tan farragosa que no pude terminar de leerla.

Que el jabón sea un producto de uso cotidiano no significa que tenga que ser vulgar. Para mí es uno de los grandes inventos de la civilización, el cosmético por excelencia,  y uno de esos lujos asequibles de los que todo el mundo puede disfrutar. Menos de un euro cuestan algunos de mis favoritos, Heno de Pravia, el de sales minerales de La Toja o el de Nivea.

Claro que a veces me gusta tirar la casa por la ventana, y aunque pueda parecer un derroche, sobre todo con tan buenas opciones al alcance de la mano, también me permito otros caprichos.

Por ejemplo, el sapone al Melograno de Santa Maria Novella. La casa entera huele a granada, un tesoro para sibaritas.

Con Claus Porto lo difícil es elegir porque a la calidad del jabón se añade el diseño único de todos sus envoltorios. No hay que darle vueltas a la cabeza, lo mejor es coleccionarlos. O regalarlos, pero sólo a quien los sepa apreciar.

 

Mezcla de tradición y vanguardia el jabón de lavanda Dehesa de los Llanos, elaborado de forma artesanal, incorpora tres de los ingredientes que se cultivan en esta finca histórica: esencia pura de lavanda, aceite de oliva virgen extra y miel, extraída de sus propias colmenas. Además tiene un precio estupendo.

El último es una delicadeza que he descubierto durante el confinamiento en Nadia, una perfumería que todo el mundo debería visitar, aunque sea on-line. La savonnette se llama Zazou y es de la casa francesa Sabé Masson. Me encanta su aroma a azahar y la extraordinaria suavidad que proporciona gracias a una sobredosis de manteca de karité.

¡Que nadie olvide lavarse las manos!

 

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