Escala en las Pitiusas

Donde el verano esconde deliciosas sensacines olvidadas. El olor picante del tomillo fresco, la acogedora sombra de la higuera, el sabor marino del pescado seco, el crepitar de las cigarras.

El verano ha sido siempre de mucho ajetreo para las gentes de Ibiza. Las tareas han cambiado; hoy ya no hay que secar la herba de formatjar, la flor del cardo, con la que sus abuelos cuajaban la leche durante el resto del año, pero es en estos meses cuando la mayoría de los cinco millones de pasajeros que registra anualmente el aeropuerto de Ibiza, visita la isla. A ellos hay que sumar a quienes, como nosotros, lo hacen en barco, porque “ir volando es cómodo, pero tiene poco interés” que decía Josep Plá. Y llegar a Ibiza por mar, como auténticos viajeros, aunque sea en línea regular desde Barcelona, Denia, Valencia o Mallorca, añade un aliciente más al placer de pisar esta tierra, que es como traspasar las puertas del paraíso.

Porque junto a la imagen tópica protagonizada por los clubbers. pervive una isla, plácida y sosegada, donde la vida transcurre al ritmo perezoso del calor. Hay un relato del filósofo alemán Walter Benjamin, titulado precisamente Al sol, que comienza con la evocación de las diecisiete clases de higueras que se dan en la isla: albocor, alcúdia, blanca, bordissot, coll de dama, hiversesca, lloral, martinenca, morisca, oriola, rojal, sarrona…

Para descubrir esta cara de la Ibiza hay que salir al campo en dirección norte donde la cordillera litoral configura un paisaje agreste y escarpado con vertiginosos acantilados –guarida en otro tiempos de temibles corsarios– y encantadoras calas secretas. Donde los bosques de pinos y sabinas alternan con fértiles bancales de almendros, viñedos y olivos y modelan un paisaje salpicado de casitas blancas que parecen haber brotado también de la tierra. “Es el blanco de la espuma del mar, que aún no ha llegado a la playa y no ha tenido contacto con la tierra” como las describía el pintor catalán Santiago Rusiñol. Auténticas joyas de la arquitectura popular, es casement siguen siendo fuente de inspiración de grandes arquitectos.

En este entorno privilegiado donde todo parece dispuesto para el bienestar, el Spa de Clarins en el hotel Aguas de Ibiza conspira con la Naturaleza para poner a disposición del viajero toda su experiencia profesional. El prestigio de una marca y el refinamiento de su método exclusivo. Fórmulas y tratamientos basados siempre en los principios activos de las plantas. Tonificantes aceites esenciales, envueltos en delicados y reconfortantes aromas. Nada más eficaz y terapéutico para aliviar tensiones, olvidar el estrés, tonificar el cuerpo y recuperar el equilibrio del espíritu. Un camino de placer que termina en armonía.

Romero, manzanilla, espliego, hierbabuena, salvia, verbena, tomillo –la frígola de San Joan–, las hierbas constituyen otro de los tesoros del campo ibicenco. Con ellas se elaboran deliciosos y digestivos licores basados en antiguas recetas de botica que forman parte de la cultura gastronómica de las Pitiusas. La seducción de sus aromas unido a los que llegan del jardín: rosas, jazmines, cedros, almendros, higueras… constituye el mayor lujo de la isla.

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