El azafrán y la rosa


Ahora que llegan las primeras lluvias y la flor del crocus, la rosa del azafrán como dicen en La Mancha, extiende su risueño color malva sobre las austeras tierras cervantinas, me gusta usar un perfume que contiene como ningún otro toda la confortable suavidad del otoño, se llama Safran Troublant y es una de las composiciones más originales de L’Artisan Parfumeur. No conozco aún Batucada, lo último de la casa, que borbotea a ritmo de samba. Ya llegará el carnaval, porque para transitar de nuevo por el horario de invierno este sorprendente cóctel de azafrán me sigue pareciendo la compañía ideal.

Safran Troublant de Olivia Giacobetti va a cumplir ya diez años y pertenece a la colección Les Épices de la Passion, que es el título francés de aquella deliciosa película mejicana Como agua para chocolate, basada a su vez en la novela homónima de Laura Esquivel. Pero que nadie piense en pesados efluvios culinarios porque Safran Troublant es todo lo contrario. Un perfume sutil y aterciopelado, sostenido en tres ingredientes básicos: rosa en las notas de salida, azafrán en las de corazón y un envolvente fondo de vainilla y madera de sándalo. Suave pero vivificante, ya que el carácter ligeramente amargo del azafrán le infunde una agitación lejana, un pálpito turbador. Un acorde que la piel percibe como un roce, como el afectuoso tacto de una prensa de cashmere o quizá de cuero bien trabajado. ¿Olería así el crocinus romano tan alabado por Marcial? Quién sabe. Este aroma se despliega en tantos matices que recuerda la voluble policromía de las hojas del liquidambar cuando, antes de caer, imitan los colores del Giorgione.

Hace unos días un afamado cocinero contaba en la radio que a la paella le añade colorante porque el azafrán no da suficiente color. Debía referirse a ese amarillo chiringuito, un tanto bilioso y tristemente folklórico, que lucen ahora casi todos los arroces. Nada que ver con el az-za’faran que los fenicios usaban como valiosa moneda de cambio entre Oriente y los pueblos del Mediterráneo. El azafrán que perfuma la bullabesa, el risotto, y un helado de Ferran Adrià verdaderamente troublant.

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