La química de los aromas

Ya lo dijo Ernest Beaux: el futuro de la perfumería está en la química. Y no se equivocaba el creador de Chanel Nº 5, las moléculas de síntesis representan el 98 por ciento de las sustancias utilizadas hoy en día.

Se llaman calona, hediona, iononos, aldehídos, damascones. Tienen nombres vulgares, furtivos –ni siquiera aparecen en el diccionario de la RAE–, carentes de glamour y de la seducción literaria de términos como almizcle o benjuí. Y sin embargo, son los artífices de la perfumería moderna. Han propiciado acordes inéditos y abierto nuevos horizontes a la composición. Gracias a ellos los perfumes ya no se conforman con imitar a la Naturaleza, se han vuelto abstractos, temperamentales, llenos de colorido y musicalidad.

Las moléculas de síntesis han hecho hablar a las flores mudas: al muguet, la gardenia, las lilas…, además de revalorizar el papel –por otra parte, insustituible– de las materias primas naturales que, en mayor o menor medida, siguen presentes en los perfumes de calidad. No hablamos, por supuesto, de las de origen animal porque hace tiempo que no se usan. El croata Léopol Ruzicka, premio Nobel en 1939, que estableció la estructura molecular de los terpenos del almizcle y la algalia, obtuvo los primeros sucedáneos.

Pero, más que sustituir, estas moléculas nacidas en el laboratorio prefieren modelar, matizar,  difuminar. Algunas ni se perciben, actúan como un barniz traslúcido que resalta el brillo de los demás componentes.

Y si nos fijamos en aspectos más prosaicos, como el precio, no hay que olvidar que la química ha democratizado el perfume haciéndolo asequible a todas las economías. Para los creadores, en cambio, tienen un valor incalculable, puesto que les permiten disponer, en todo momento y en la cantidad deseada, de unas materias primas que la Naturaleza sólo proporciona en determinadas épocas y lugares, y siempre en cantidad limitada. Desde que en 1868 William Perkin sintetizó la cumarina, el principio olfativo del haba de Tonka, que evoca el olor del heno recién cortado, los grandes arquetipos de la perfumería han ido surgiendo al ritmo evolutivo de la química orgánica. En Fougère Royale de Houbigant, Paul Parquet utilizó por primera vez la cumarina. Jicky de Aimé Guerlain incorporó la vainillina, sintetizada en la savia de las coníferas. Años más tarde, su sobrino Jacques Guerlain recurriría al anethol para Après l’ondée. Todo el mundo conoce la historia del Nº 5 de Chanel. Los aldehídos de los que Beaux se sirvió, son una reducción de ácidos grasos que unidos a los cítricos se transforman en inolvidables fragancias florales. Encontramos toda la fuerza de las quinolinas en Bandit de Piguet y Cabochard de Grès; hediona en el inigualable Eau Sauvage de Dior; el goloso aroma a caramelo del ethyl maltol –del que tanto se abusa– en Angel de Thierry Mugler; la estela de las rosas de Kazanlic en los damascones de Nahéma de Guerlain o de Paris de YSL; y un inefable olor a mar, en la calona de L’ Eau d’Issey de Miyake.

¿Por qué, entonces, seguimos despreciando la química?

La ONU, la Química, y el Pisuerga (que pasa por Valladolid)

“La Asamblea General de las Naciones Unidas, coincidiendo con el centenario de la concesión del premio Nobel a Marie Curie, ha declarado 2011, Año Internacional de la Química. Aprovechando esta oportunidad para celebrar también en este año 2011, el Año Internacional de las Mujeres Científicas”.

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